Archive for the ‘Cuentos tibetanos’ Category

Sin tiempo para…

28 de junio de 2012

Un hombre muy ocupado escuchó hablar de un sabio lama y se decidió a visitarle. Era un destacado comerciante , pero también tenía algunas inquietudes espirituales. Así que decidió ir a conocer al lama.

-Siento inclinaciones espirituales, a pesar de que paso mís días ocupado en mis negocios. He venido a veros, pues creo que escuchar algunos de vuestros sabios consejos me permitirá crecer espiritualmente.

-Lo primero que he de decirte es que sería conveniente que empezaras a interesarte de verdad un poco por la vida espiritual, pues ya no eres un jovenzuelo. No alcanza con que tengas algunas inclinaciones espirituales, sino que deberías comenzar a practicar -replicó el lama.

-Me encantaría hacerlo, y lo he intentado, ¡pero estoy tan ocupado! Mis obligaciones y ocupaciones consumen todo mi tiempo, y no me permiten dedicarme a las prácticas espirituales. Ojalá pudiera dejar de hacer todo ello y dedicarme a la meditación -se lamentó el hombre.

-Estoy seguro de que tú sabes muy bien lo que haces -dijo apaciblemente el maestro-. Sólo que cuando mueras (y la muerte llega sin aviso), tu lápida rezará: “Aquí yace un hombre que supo llenar su vida de inútiles actividades”.

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Cadenas de seda

27 de junio de 2012

Era un maestro que durante toda su vida había intentado inculcar a sus discípulos distintos valores importantes para su vida. En esta ocasión había decidido instruir a dos de ellos acerca de lo importante que es el desapego.

-Jóvenes, os voy a decir algo muy importante, que no debéis olvidar jamás. No os dejéis nunca atrapar por los apegos.

Uno de los jóvenes comprendió perfectamente, pero el otro todavía hacía distinción entre apegos grandes y pequeños, y entre diferentes objetos de apego. “Creo que no todo apego perturba o esclaviza; depende de los objetos o asuntos a los que te apegues”, decía.

Entonces el maestro cogió un hilo, lo enrolló al cuello del que así se expresaba y empezó a apretar con mucha fuerza.

-¡Maestro, detente! ¡Vas a matarme!

El maestro se detuvo. Mostró el hilo a su alumno: era un delicado hilo de seda. Y le dijo:

-Recuerda que hasta un delicado hilo de seda puede quitarte la vida.

 

Lo inevitable

27 de junio de 2012

Cuentan que una mujer pobre se acercó al Buda para pedirle su favor. Su hijo había sido picado por una serpiente, y el veneno, decían los médicos, lo mataría irremediablemente. El Buda, con tranquilidad, le dijo:

-Mujer, ve al pueblo y pide un grano de mostaza negra en aquella casa en la que no haya habido ninguna muerte. Si me lo traes, curaré a tu hijo.

La mujer, desesperada, fue de casa en casa. Pero ante la pregunta, en todas le respondían lo mismo: allí había habido una muerte. Así que no pudo pedir el grano de mostaza y llevárselo al Buda. Al regresar, dijo:

-No he encontrado ni una sola casa en la que no hubiera habido alguna muerte.

El Buda, compasivamente, le dijo:

-¿Te das cuenta? Es inevitable. Anda, ve ahora mismo junto a tu hijo y, cuando muera, entierra su cadáver.

Y cruzó las aguas…

27 de junio de 2012

En un pueblo del Tíbet, en las orillas del río Brahmaputra, había un asceta que se vanagloriaba de su capacidad para caminar sobre las aguas. De hecho, solía dar el espectáculo de cruzar el río, sólo para dejarse admirar.

Un día, un monje de un pueblo vecino se detuvo en ese pueblo. El asceta corrió a su encuentro, y le dijo:

-Durante años me he ejercitado mucho espiritualmente. Me he sometido a ayunos, mortificaciones, penitencias, y por fin he logrado caminar sobre las aguas.

El monje sólo respondió:

-¡Qué desperdicio de tiempo ha sido el tuyo, habiendo barcas!

 

Pienso, luego existo

27 de junio de 2012

Un día, un buscador llegó a un santuario tibetano en el que vivía un ermitaño. El lugar, aislado de todo contacto humano, era perfecto para la meditación, y el buscador, fascinado con el lugar, pidió permiso al ermitaño para quedarse allí unos días.

-Puedes hacer lo que quieras. Si lo deseas, quédate -dijo el ermitaño con cara de pocos amigos.

Unos días después, el buscador se sentó junto al ermitaño. Ya había meditado unos días, pero el buscador todavía tenía preguntas que buscaban respuesta.

-A menudo me pregunto cómo soy yo. Es una pregunta que no puedo dejar de hacerme, día y noche -le dijo el buscador al ermitaño.

-Yo diría que eres como una vaca -le respondió el ermitaño.

El buscador quedó estupefacto. Esperaba cualquier respuesta, pero nunca una tan sorprendente ni tan poco profunda.

-No te asombres -dijo el ermitaño, atento a su reacción-. Seguramente has nacido de un útero y te has alimentado con leche materna.

-Sí, lo hago.

-También lo hacen las vacas. También comes, duermes y defecas. Tal como una vaca.

-O sea, ya lo ves, es evidente que eres como una vaca.

El buscador, reponiéndose, replicó:

-No creo que yo sea igual que una vaca.

-He ahí la diferencia: la duda -dijo entonces el ermitaño-. Dudar es lo único que tú haces y la vaca no. Si tu duda es inteligente y te ayuda a investigar la última realidad y hacerte uno con ella, entonces dejarás de ser como una vaca. De otro modo, amigo mío, tú y la vaca sois iguales…,aunque las vacas suelen ser más pacíficas que los seres humanos.